El brillo macroeconómico es indiscutible, pero medir el éxito contando únicamente maletas y pasaportes es una trampa analítica. Hoy la tecnología redefine las reglas del juego. El único balance que justificará nuestro liderazgo histórico será el número de familias dominicanas que logren superar la pobreza.

Por Sarah Hernández

Cada vez que escucho el estruendo de un avión comercial tocando la pista de Punta Cana, reconozco el sonido de una maquinaria económica admirable. Superar la barrera histórica de los 11 millones de visitantes y registrar un crecimiento del 10 % —frente al modesto 0.2 % del resto del Caribe— no es obra de la casualidad; es la confirmación de que República Dominicana aprendió a proyectar su marca con una eficacia envidiable.

Sarah Hernández, presidenta de Adompretur. Fuente externa 

Celebro cada logro, cada inversión y cada reconocimiento internacional en escenarios como FIT Buenos Aires. Sin embargo, en el marco del Día Mundial del Turismo, me resulta imposible eludir una pregunta que considero urgente: ¿De qué lado del espejo nos estamos mirando?

Llegada de visitantes a República Dominicana de enero a agosto de 2026. Fuente MITUR

El brillo macroeconómico es indiscutible, pero medir el éxito contando únicamente maletas y pasaportes es una trampa analítica. Hoy la tecnología redefine las reglas del juego. Mientras en los complejos de lujo la inteligencia artificial calcula al gramo el menú para recortar en un 30 % el desperdicio de alimentos y optimizar el consumo de energía, a pocos kilómetros de allí, en los talleres artesanales de El Cortecito o entre los boteros de Samaná, el pequeño operador enfrenta un muro invisible. Si los algoritmos y las grandes plataformas transnacionales capturan el gasto del viajero antes de que aterrice en el país, corremos el riesgo de que la derrama quede suspendida en nubes digitales foráneas sin tocar el bolsillo del emprendedor dominicano.

Esa misma desconexión se percibe cuando miramos la mesa. Aunque la hotelería adquiere más de US$900 millones anuales en productos locales, las piñas de Cevicos, las hortalizas de Constanza y los víveres del Cibao recorren un camino minado por la intermediación. Los plazos de pago a 90 y 120 días imponen una barrera insalvable para las cooperativas agrícolas comunitarias. En el plano laboral, la contradicción duele en la base: las camareras, los cocineros y el personal de apoyo que sostienen con calidez el prestigio de nuestro servicio en enclaves como Verón o Bávaro ven sus ingresos absorbidos por un costo de vida disparado que no guarda relación con las tarifas por noche que abonan los huéspedes extranjeros.

A esta deuda social se añade la advertencia inapelable de la naturaleza. Las oleadas recurrentes de sargazo y la erosión de las costas confirman que el modelo tradicional de sol y playa tiene límites biofísicos. Por eso, la apertura de nuevos destinos como Miches y Cabo Rojo en Pedernales no puede consistir en reproducir errores pasados. Diseñar enclaves de lujo en entornos vírgenes exige, con carácter vinculante, dotar de acueductos potables, saneamiento pluvial y viviendas seguras a las comunidades adyacentes antes de cortar las cintas inaugurales.

 

Miches y Cabo Rojo, dos destinos emergentes de RD. Fuente externa 

La sostenibilidad no es un lema decorativo para folletos institucionales; es una decisión ética. En esta era de hiperdigitalización, la competitividad de un destino no dependerá de quién tenga la campaña publicitaria más vistosa, sino de la cohesión social y la solidez ambiental del territorio.

El verdadero trofeo del turismo dominicano no descansa en las estadísticas de los aeropuertos. El único balance que justificará nuestro liderazgo histórico será el número de familias dominicanas que logren superar la pobreza y conquistar una vida digna gracias a la riqueza que esos millones de viajeros dejan en nuestra tierra.

Hoy que celebramos el “Día Mundial del Turismo”, La Asociación Dominicana de Prensa Turística (Adompretur) reafirma su compromiso con un turismo inclusivo, responsable y sostenible. Un turismo que no solo impulse la economía, sino que también respete y beneficie a las comunidades locales, proteja nuestro patrimonio natural y cultural, y promueva condiciones laborales justas para todos los trabajadores del sector.

Invitamos a todos los actores involucrados —gobierno, sector privado, sociedad civil y turistas— a sumar esfuerzos para construir un futuro turístico que sea orgullo para nuestra nación y legado para las generaciones venideras.

Porque el verdadero turismo dominicano no solo se mide en cifras estadísticamente alentadoras, sino en calidad de vida, justicia social y equilibrio con nuestro entorno.

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