Historia  de El Impreso Digital

SANTO DOMINGO. CIUDAD COLONIAL. En la calle Las Damas, entre Arzobispo Portes y Padre Billini, hay una puerta que es fácil no ver. Detrás funciona desde 1967 el Taller Serigrafías Artísticas, y dentro, apiladas desde hace más de treinta años, hay doce casas de madera.

Las casas son serigrafías. Las firmó con el seudónimo de «Lobo» un artista alemán, y las imprimió este taller en 1992, cuando el país se preparaba para las celebraciones del Quinto Centenario. Son doce casas históricas de arquitectura antillana levantadas en varias provincias de la Región Norte: fachadas de tablas, galerías caladas, balaustradas torneadas y, detrás de cada una, un cielo plano de un color imposible —salmón, naranja, celeste, rosa fucsia—.

Ilustración editorial de El Impreso Digital, generada con Greb. No es una obra de Lobo.

Un inventario disfrazado de estampa

Conviene mirarlas dos veces. A primera vista son postales: color caribeño, vegetación abundante, encanto fácil. Pero el trazo delata al arquitecto. Los balaustres están contados. Las celosías llevan su número exacto de tablillas. Los aleros se dibujan con la paciencia de quien ha medido una cornisa alguna vez. La serie funciona a la vez como obra gráfica y como inventario patrimonial: alguien fue a mirar esas casas antes de que dejaran de estar.

Hay una regla en la serie, y una excepción. Once de las doce láminas son apaisadas: la casa se tiende a lo ancho, con sitio de sobra para el árbol de un lado y la palma del otro, y se mira como se mira una fachada desde la acera de enfrente. La duodécima rompe el formato y se levanta en vertical.

Estas son diez de las doce casas

Es la casa rosada de dos plantas, y se entiende por qué: tiene balcón corrido, frontón calado y una segunda planta que las demás no tienen. El apaisado la habría dejado sin aire por arriba. Que Lobo cambiara el formato por una sola casa dice bastante sobre cómo miraba: no estaba componiendo doce estampas iguales, estaba retratando doce edificios distintos.

Del autor sabemos menos de lo que quisiéramos, y vale más decirlo que rellenar el hueco. «Lobo» sería Wolfgang Henning, arquitecto y artista alemán vinculado a la República Dominicana: graduado de Arquitectura en la Universidad de los Andes, en Mérida, en 1985, y formado en grabado entre 1991 y 1994. La atribución circula en fuentes locales solventes, pero no académicas —no hemos dado con una biografía, un catálogo razonado ni un registro institucional que la asiente—. Tómese como probable, no como establecido. Lo que sí está fechado y firmado son las láminas: 1992, numeradas a lápiz una por una.

Al taller se llega casi siempre por recomendación.

La de estos meses vino de Francisco Jiménez, el «maestro de lo olvidado», que insistió en diciembre en que había que ir a ver una colección de serigrafías de un tal Lobo del que entonces ni siquiera se sabía el nombre. Dentro reciben Alfredo y Andrés, dos guardianes de un oficio: la serigrafía artesanal, una técnica de impresión hoy casi en desuso.

Lo que no se ve desde la calle es que por esas mesas ha pasado buena parte de una generación.

El taller imprimió para el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín y para el expresidente y escritor Juan Bosch; para el grabador Frank Almánzar y para el artista Silvano Lora.

Empezó con trescientos cincuenta pesos. El artista Félix «Cocó» Gontier los había ganado como tercer premio en el primer Concurso de Arte Eduardo León Jimenes, en 1964, y los invirtió junto a Alfredo Cordero en montar el taller. El primer encargo fue una tarjeta de Navidad para la pintora Ada Balcácer.

Durante los Doce Años de Joaquín Balaguer (1966-1978), las mismas mesas imprimieron propaganda política. A Cocó y a Alfredo les costó meses de cárcel.

Si aparece una en casa

El enemigo de estas láminas no es el lobo: es la humedad. No conviene limpiar el papel con productos ni recortar los márgenes —el margen forma parte de la obra y de su valor documental—. Guárdese plana, lejos del sol y de las paredes que transpiran. Si lleva numeración a lápiz, es tirada limitada y esa cifra es parte de la ficha.

El taller sigue abierto en la calle Las Damas 16, y todavía conserva ejemplares de la colección. Merece la visita de quien quiera ver imprimir a mano, y de quien tenga curiosidad por un pedazo de identidad que aguantó los Doce Años, el Quinto Centenario y el desuso de su propio oficio.

Información y venta

Quedan ejemplares de la colección. Para preguntar por una lámina suelta o encargar varias:

Fuente: Zaida Corniel, «La perfecta impresión de la serigrafía dominicana», Mirada al Arte, diciembre de 2005.

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